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Hace 59 años, Bélgica, Francia, Luxemburgo, Holanda, Reino Unido, Canadá y Estados Unidos se reunían con la intención de llegar a una serie de acuerdos en el marco de un complicado contexto internacional, donde las secuelas de la Segunda Guerra Mundial, acabada tan solo tres años antes, había dejado desolación y crisis y una población mundial enmudecida antes tanto horror. Los países ‘aliados’ había ganado, pero ahora había que estructurar de nuevo la situación internacional y las dos potencias más emblemáticas resultantes de la guerra colisionaban en sus ideales ideológicos. Chocaban dos formas de entender la política y solo una podía ser la vencedora, la llamada Guerra Frías, esta vez se libraba en los campos de la propaganda, con las armas de la disuasión y la persuasión y enfrentaba a la Unión Soviética contra Estados Unidos.
El pacto firmado en 1949 y del que ahora se cumplen años –ya que se creó oficialmente el 4 de abril- es el Tratado del Atlántico Norte, más conocido por sus siglas OTAN, y era el instrumento más importante de EEUU para bloquear mediante la disuasión el poder soviético que más tarde intentó responder con el inoperante Pacto de Varsovia. También cosa importante es que ambos tratados configuraban el mapa de apoyos de cada fuerza y ahí, EEUU consiguió una mayor estabilidad configurando su política de amigos y enemigos, simplificación que aún utiliza asiduamente la administración política estadounidense. El resultado de la Guerra Fría es ya conocido. EEUU imponía su percepción del mundo tras la caída, formalizada y simbolizada en 1989 con la Caída del Muro de Berlín, pero el futuro de la OTAN se cuestionaba ya que el ‘enemigo’ por el que se había creado había desaparecido. A partir de aquí, y sostenida principalmente aunque no de forma única por el capital económico y humano estadounidense, la organización se replanteaba sus principios y objetivos pasando a ser una suerte de defensa de la seguridad de todo el hemisferio norte y, en especial, de la Unión Europea que, a día de hoy, sigue sin conseguir un consenso global sobre temas de carácter defensivo-ofensivo. A pesar de esta reorientación, las manifestaciones donde la OTAN se encuentra ya sea interviniendo o con bases son, actualmente, un continuo, aunque de forma más velada después del 11 de septiembre de 2001, momento en que las Torres Gemelas norteamericanas caían, el mundo asistía a ello estupefacto y perplejo y la OTAN encontraba un nuevo enemigo oficial: el terrorismo islamista radical. Y es en este tema donde ahora la OTAN más medios e interés pone. La misión que desarrolla esta organización en Afganistán –y donde España tiene tropas desplegadas-, bajo mandato de la ONU, es su operación más ambiciosa ya que se cuenta con factores de extensión (ya que la lucha contra las células de Al Qaeda es ya a nivel internacional), como por las labores de reconstrucción y de defensa contra los talibanes. El problema que se presenta es cómo combatir una amenaza asimétrica de estas características, con células repartidas por todo el mundo y tan independientes unas de otras. Desde la OTAN se depende de la financiación de sus miembros para desarrollar cualquier plan, y en este caso se actúa buscando la máxima rapidez de respuesta y movimiento posible, centrándose en tácticas antiterroristas y en las consecuencias civiles de los ataques. Los resultados hasta la fecha son desiguales ya que aunque se consiguió retirar a los talibanes del gobierno afgano, éstos lejos de estar heridos siguen luchando y en lo que se refiere al terrorismo el resultado lo tenemos todos los días en las portadas de los periódicos. Cierto es que luchar contra este tipo de amenazas es difícil por su propia estructura, pero ahora, con casi medio siglo de vida, la OTAN ha de tener claro sus iniciativas y formas de lucha, poner en claro su relación con la ONU o saber cuál es el papel que quiere jugar dentro del contexto internacional sin que sea un mero títere bajo los intereses de EEUU. Silvia Rubio |